viernes, 30 de octubre de 2009

SOLO SON CINCO BOTONES

Miró de reojo nuevamente, y por encima de su hombro, aquellos cinco botones. El tiempo se hizo eterno mientras los repasaba uno por uno: el cero, el uno y el dos perfectamente alineados de abajo a arriba y luego el botón con aquella campanita a la derecha del cero, aquel cero custodiado por el botón del rojo stop de la izquierda.
Repasó inutilmente la situación. Jamás se atrevería a pulsar aquel stop.
Ese botón estaba separándola de un posible momento de la felicidad soñada. Al menos, ella sentía el ardor y el latido de su propio corazón. Era un latido tan rápido, tan angustioso, que parecía que ese corazón iba a salírsele del pecho.
Entonces fue cuando se dió cuenta de que él la estaba mirando. Fue inutil mirar al suelo. Fue inutil disimular, porque sentía su mirada clavada en ella.
El ascensor seguía vacío, sólo ellos dos subían rumbo a quien sabe dónde. Aquel instante, en que todo se había detenido, a ella se le hizo eterno y esa sensación era tan real, que sintió que el tiempo se estaba parando. Sintió que aquel ascensor no llegaría nunca arriba.
La luz del botón dos seguía encendida, pero sus ojos no veían ni imaginaban otra cosa que no fuera él. Podía oler su respiración. Podía oir su latido. Podía sentir la suavidad de su pelo.
De repente, reunió el valor necesario y pulsó aquel madito botón rojo, el que podía detener el espacio y el tiempo, aquel que la separaba del soñado cielo, aquel botón tentador del Stop y, sin mediar palabra, se agarró lentamente a su cuello y le besó.
Aquel beso de pasión correspondida logró parar el tiempo de la misma forma en que estaba parado el ascensor y, para su sorpresa, comprendió que aquello era el principio, por fin, de aquel amor que había imaginado hasta en sus más dulces sueños.
No quería apartarse de él y, cuando lo hizo, notó de nuevo la atracción de sus brazos en su cincura. Un abrazo fuerte y dulce que la obligó de nuevo a besarle.
Entonces fue cuando oyó su voz ronca pero dulce, esa voz que sólo había pronunciado palabras de trabajo, pero que ahora estaba diciéndole un "te quiero". Creyó soñar lo que estaba ocurriendo, pero no era así porque una voz, que venía del exterior del ascensor, preguntó si había alguien, devolvíendola a la realidad.
Se habían dado cuenta de que el ascensor estaba parado y querían saber si los ocupantes estaban bien.
Él fue quien contestó perezosamente que no pasaba nada y, sonriendo, volvió a pulsar el botón del dos.
Ella suspiró profundamente, todavía con el sabor de su beso, pero soñando con el instante en que volvería a repetirse un abrazo como aquel.
Aquellos cinco botones habían sido los únicos testigos de su amor nuevo, recién estrenado, de un amor lleno de enigmas, de miedos y de dudas.

1 comentario:

Andrés dijo...

Si yo fuese director de cine haría una pelicula con tu relato para titularla: "Una corta historia de amor para recodar toda la vida"
Un abrazo
Andrés